Vivimos creyendo que todo debe hacerse de manera inmediata, con una extrema rapidez para no perder el tiempo y aprovecharlo lo mejor posible, bajo la premisa de que «el tiempo es lo más valioso que tenemos». Pero olvidamos que el secreto no es solo hacer, sino hacerlo bien.
Pensando en esto, me doy cuenta de que normalmente creemos que, para que todo tenga sentido, todo debe disfrutarse. Comparto esa idea en parte; sin embargo, no todo en la vida es disfrutable. Hay responsabilidades que debemos asumir como personas y como parte de una sociedad para que las cosas fluyan de la mejor manera. El problema surge cuando caemos en trampas de las que no encontramos salida, creyendo erróneamente que son la única opción.
La trampa de la falsa productividad
Una de esas trampas es el círculo vicioso de hacer tanto que, al final, no haces nada. Es esa sensación de estar exhausto pero darte cuenta de que sigues en el mismo lugar. Todos hemos estado ahí. Nos cuesta encontrar la salida no porque no exista, sino porque salir nos duele o nos frustra: implica abandonar la zona de confort, enfrentar el miedo a avanzar o el temor a defraudar a otros.
Por otro lado, existen entornos que te arrastran a su ritmo. Sientes que pierdes el control porque no hallas cómo salir de allí, pasando la vida viviendo y haciendo para los demás. Pero, ¿dónde quedamos nosotros mismos? No se trata de evadir responsabilidades ni de abandonar a quienes nos rodean, sino de ver por ti primero para poder, entonces sí, estar presente para los demás. Si te abandonas a ti mismo, ya lo has perdido todo.
El costo de priorizarse
La realidad es que ver por ti mismo y avanzar en tu propio camino puede molestar a otros, simplemente porque dejaste de ser lo suficientemente útil para sus intereses. Aun así, debes hacerlo. Es la única vía para crecer y, desde un lugar de verdadera fortaleza, ayudar a otros a avanzar también.
Priorizarte implica no minimizarte ni permitir abusos disfrazados de bromas y condescendencia, dinámicas sutiles que solo buscan hacerte ver débil ante el entorno.
Crezcamos y aprendamos esta regla fundamental: si no estamos bien con nosotros mismos, no podemos ser de ayuda real para nadie más.
Seamos grandes, querámonos y busquemos nuestro bienestar. Disfrutemos, pero démonos también el permiso de llorar y transitar la tristeza cuando aparezca.
¡El sol siempre brillará para el que realmente lo quiera ver!
¿Ustedes también piensan igual o han tenido experiencias diferentes? Los leo en los comentarios.
Margarita







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